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Del infierno, ahora sirve a Dios

Tanto en México como en Estados Unidos, Juan llevaba una vida totalmente secularizada: el trabajo en las drogas, la música, los clubes, mujeres, alcohol, drogas. Una recaída existencial lo llevó a aceptar un acercamiento a la Iglesia y, después de un tiempo, comprendió su propósito. Ahora tiene una esposa y dedica su tiempo a la formación de adolescentes por medio de la catequesis. Él nos cuenta su historia:

Por Chucho Picón

Quién era Juan

Yo nací en Querétaro (México). Vengo de una familia humilde y tranquila.

En la secundaria, como yo soy de estatura baja, era molestado; y cuando algo así sucede, uno empieza a desarrollar algunas habilidades como protección. Tuve que pelear, y descubrí que podía ser un líder, e incluso un líder malo, porque yo podía ver los potenciales en algunos muchachos e influenciarlos.

Estuve un poco en el Seminario, en Hércules (Querétaro, México). Comencé en la música más o menos a los 15 o 16 años, y trabajé como DJ por algunos años.  Y mientras estudiaba la prepa conocí otro tipo de personas.

Ahí me conocieron más bien como «Ramón», y me involucré con la narco-cultura. Los años 1999 y 2000 marcaron mi vida, pues entonces comencé a ser parte de un grupo de la delincuencia organizada.  Yo tenía el liderazgo. La visión que yo tenía más bien con ese grupo era: «¿Qué puedo hacer yo con estas personas?» Entonces vendíamos grapas, cocaína, pastillas, ácido, mariguana. Todo en la ciudad de Querétaro.

Pero a finales del 99 comenzó una ola contra el crimen, la droga y las pandillas. Y nuestra pequeña organización se empezó a desplomar porque la demanda era más alta, y el gobierno estaba más atenta para desintegrarlas, y hubo una pequeña ola de violencia entre las pequeñas pandillas. Y entonces fue cuando me vine para Estados Unidos.

Nueva casa, pero misma vida

Llegué a Houston en febrero del 2000. Comencé a trabajar, pero quedaba en mí algo de mi pasado. Yo me dedicaba a cortar el pasto en el frente de las casas y me gané la confianza de un hombre a quien yo le podaba su jardín. Me preguntó cuánto ganaba, y le dije que 55 dólares, que para ese año, 2002, era un súper salario para alguien como yo, que no sabía inglés y que no tenía automóvil para moverse.  Y él me dijo: «¿Qué te parecería ganar 200 dólares diarios?». Y yo por ese dinero  acepté.

Me llevo al lugar de mi nuevo trabajo, que consistía en contar dinero para el narco. El dinero llegaba en bolsas de basura, en nominación de un dólar y de cinco dólares.

La primera vez conté como unos ciento cincuenta mil dólares. Se meten a las máquinas para que salgan apretados, y luego a una prensa para que salgan en fajas.

Ese dinero no se queda ahí, sino que tiene que enviarse al sur. A México y a Centroamérica. Llegué a contar unos 16 o 17 millones de dólares.

El colapso y el resurgimiento con Dios

El negocio colapso y sólo me quedaba la música. Entré a trabajar en un restaurante, donde conocía una muchacha tranquila. Al principio ella no dijo nada, pero era del Camino Neocatecumenal. Luego un día me invitó a asistir a unas catequesis que iba a haber. Asistí y entonces comencé a hablar con Dios, pero para pedirle; le pedía que no me sintiera solo, que me ayudara a tener amistades, personas que me quisieran.

Estuve dos años en esta vivencia de las comunidades, donde primeramente encontré a Dios, su Luz y mucha felicidad. Me volví a confesar después de ocho o diez años de no hacerlo.

Fue el inicio de la conversión para mí. Al final de vivir en ese ministerio conocí a la que ahora es mi esposa, una guatemalteca, Mirna Ochoa, que era de mi misma parroquia y estaba involucrada en la pastoral juvenil. Ahora ya tenemos cuatro años de casados, trabajando en la pastoral juvenil aquí en Houston, en mi parroquia, dando formación y catequesis. Trabajo con adolescentes de 13 a 17 años, en español. Y he descubierto una nueva vocación, donde todos esos talentos y capacidades que tengo Dios me los puso por algo; que la misión que Él tiene para mí es conquistar almas, predicar el Evangelio, llevar jóvenes a Jesucristo.

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