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Ser viejo en Alemania

Por Georg Eickhoff

Acabo de perderme la fiesta de los 85 años de mi papá. Por el grupo familiar de Whatsapp pude ver, desde México, lo bien que él lo ha pasado en su cumpleaños, allá en Alemania. Con un retraso de doce días, primero Dios, podré visitarlo en la residencia para mayores donde vive desde hace cuatro meses. Aprovecho la ocasión para contar cómo es ser viejo en Alemania y para considerar una característica sencilla, pero clave del modelo alemán.

Somos ocho hermanos y nos pusimos de acuerdo para convencer a nuestro padre, un maestro jubilado, de mudarse a la residencia para mayores que queda en el centro de la ciudad donde ha vivido desde sus 35 años. Una caída en el jardín cuando estaba buscando leña para la chimenea lo terminó de convencer. Más difícil fue convencer a nuestra mamá que tiene 86 años. Pero, tres meses después de su esposo, también se mudó a la residencia. El regalo de cumpleaños para mi papá fue un sofá donde caben los dos, no muy bajo para que sea más fácil levantarse. Mi hermana, que siempre cuida de todo, mandó por Whastapp la foto de los dos en su nuevo sofá tomados de la mano. No pude evitar una lagrimita al verlo.

Sé que mis padres no se sienten descartados en su nuevo hogar, porque gran parte de la vida del pueblo de tres mil habitantes donde viven gira ahora alrededor de esta residencia gerenciada por la parroquia católica, la Caritas diocesana y la orden religiosa de la Sagrada Familia procedente de Kerala en India. Son monjas que con su trabajo de cuidado de mayores en Alemania están financiando la formación de las hermanas más jóvenes en la India.

La residencia de la Virgen del Perpetuo Socorro es una referencia fija en la vida de mi familia, y no solamente de mi familia, sino del pueblito de Monschau en cuyo corazón se encuentra.

Después me tocó ser alcalde de otro pueblo y de participar en la planeación de los espacios urbanos. Allí la tarea era no solamente mudar a nuestros mayores desde sus hogares, sino de mudar a toda la residencia de mayores. Movimos la residencia del centro de la ciudad al centro de la ciudad, pero a un espacio más grande. A nadie se le ocurrió alejar a nuestros mayores del corazón del pueblito.

Quizás suena demasiado simple, pero al nivel más práctico, pero también a nivel psicológico, pero hasta a nivel simbólico, social y político es clave dónde pasan nuestros mayores el invierno de su vida. Que sea en el centro de nuestras ciudades. Que estos lugares tengan conexión con el transporte público y buenos estacionamientos para que los amigos, hijos y nietos de los residentes puedan llegar. Está bien que estas residencias tengan todo el equipamiento médico necesario, que tengan personal las 24 horas, que tengan baños prácticos de última generación, todo ello a precios factibles que se puedan generar solamente a partir de cierto tamaño de la institución.

El terreno donde se encuentra la residencia de mayores de mis papás es el mismo donde se encontraba mi kindergarten donde empecé a socializar hace 50 años. De hecho, el mismo jardín infantil sigue existiendo. Ahora está en la planta baja de la residencia de ancianos. De vez en cuando, los niños con su educadora toman el elevador y suben al gran salón para cantar con los abuelos.

 

Publicado en la edición impresa de El Despertador Hispano de abril de 2018 No.11

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